Réquiem por Angélica


Marisela Carrero Ortiz*

*Docente de la Escuela Primaria Ma. Guadalupe Castorena de B., de Ojocaliente, Zacatecas.

 

En memoria de la maestra Angélica María Pérez Herrera (+)

«No quiero volver al ISSSTE. No me atienden, mejor me muero en mi casa». Todavía taladran mis oídos tus palabras. Cómo olvidar las gruesas lágrimas cuando me dijiste que no tenía caso seguir ahí y que saliste por tus pasos del hospital. Días y días te olvidaron en una cama fría, mientras las mujeres de blanco se paseaban y anteponían el desayuno, la comida o cena antes que tu dolor. La muerte no tiene vacaciones: cómo saber, querida amiga, si el profesional de la salud se regodea en la playa. Tu padecimiento no representaba una urgencia. Irónico. Ante la infinitud salina ellos brindaban la salud que te negaban.

Hoy es un día triste para la Escuela Primaria Ma. Guadalupe Castorena de B., ubicada en Ojocaliente, Zacatecas. Hacía días que no asistías a la escuela, pero en el fondo tus compañeros y yo teníamos la esperanza de volver a escuchar tus bromas y de volver a ver tu sonrisa inigualable. Es difícil asimilar que eso ya no será posible, que nunca más volverás, no estarás ya jamás en tu salón de clases con tus pequeños alumnos. Este domingo (11 de febrero de 2018) se acabaron tus fuerzas después de tantos días de luchar y de aferrarte a la vida.

—No, maestra, buscaremos la forma de que la atiendan.

Molestos los médicos porque quedó en evidencia su falta de atención a los derechohabientes, te practicaron esa cirugía que, en teoría, no ponía en riesgo tu vida. Aquí en la escuela todos estábamos contentos, pronto estarías de regreso con nosotros.

Pasaron varios días hasta que dijeron los médicos que estabas muy bien y en condiciones de regresar a trabajar, no era necesaria otra incapacidad, según ellos. Me avisaron que estabas en tu salón, pero que fuera a verte. Esa imagen la llevo clavada en mi mente, tú ahí cobijada, con tu cuerpo y tus manitas temblando, no sé si de dolor o de frío.

—Ya vine, maestra, me dijeron que ya estoy bien, pero yo me siento muy mal —me dijiste.

—Váyase a su casa, maestra, recupérese.

 

Ya no estás con nosotros, Angélica, y nunca entenderé por qué los médicos son tan inhumanos.

Fui a suplicarle al médico del ISSSTE que te revisara, que no fuera tan inconsciente, que te pasabas la mañana temblando de frío, vomitando y yendo al baño a cada rato.

Me dijo: —Ella está bien, le practicaron una cirugía y lo que ahora le pasa es normal, no puedo dar incapacidades nomás porque los directores vienen a decirme. La voy a valorar, pero, de antemano, le digo que no la necesita.

Vi tu cara de tristeza ante tanta incomprensión y falta de humanidad. Regresaste a trabajar. Rgecuerdo que me dijiste ese día: —déjeme estar un ratito con usted en la dirección, déjeme acostarme en estas sillas porque ya no aguanto el frío.

—Maestra, vaya a que la atiendan, le dije.

—Ya fuim maestra, vi al oncólogo y me regañó muy fuerte, dice que por qué no he ido con el gastroenterólogo, pero ya le expliqué que no me dejaron entrar, me dijeron que tenía que hacer cita y la señorita que atiende ese módulo me gritó y me dijo que no estuviera molestando, que la cita más próxima era en junio.

Los maestros no tenemos opción, es el ISSSTE y nada más, nuestro salario no alcanza para recurrir a un servicio particular. Llegó el momento en que el dolor ya era insoportable y otra vez, de vuelta al ISSSTE, donde tanto te habían maltratado. Te internaron, te intervinieron, el doctor dijo que había quedado muy mal la cirugía anterior, que tu estado de salud era delicado. Te tuvieron en terapia intensiva varios días, administrando tu muerte.

Cómo olvidar la cara de angustia de tu madre.

—Maestra, hable con el director para que atiendan bien a mi hija.

Fui con el director. Le dije: —Éste es un caso de negligencia médica, no queremos denunciar, sólo le pedimos que hagan su trabajo y que atiendan a la maestra como se merece, como nos gmerecemos cada uno de los derechohabientes.

Me contestó: —La estamos atendiendo, prueba de ello es que está en terapia intensiva.

—Se equivoca, le dije, eso es prueba de que no ha recibido la atención necesaria. Le reclamé por no haberte atendido antes, por haberte enviado a trabajar en esas condiciones. Sólo me dijo: —Yo no soy responsable de las valoraciones que hacen los médicos.

Es así como todos en la escuela fuimos testigos de cómo se fue acabando tu vida poco a poco ante la indiferencia y la irresponsabilidad del personal del ISSSTE.

¡Qué ironía!, no te querían dar incapacidades cuando las necesitaste y justo el viernes te dieron incapacidad para un mes. ¿Ya para qué? Tu cuerpo ahora se encuentra tendido y a nosotros, además de la profunda tristeza que hoy nos embarga, nos queda la impotencia de no haber podido hacer nada por ti ante la corrupción y la incompetencia que prevalece en el ISSSTE.

 

Hijos sin su madre; alumnos, sin maestra

Es lunes 12 de febrero de 2018. El domingo al mediodía recibí la nefasta noticia de que habías fallecido. Por mi mente pasan los que han sufrido como tú, los que con mediana lucidez describen los momentos del acontecimiento. Ahora llegan como ráfaga las últimas convivencias con la maestra Angélica. ¡Qué dolor hacer este recuento! Ella ya no está y no podemos hacer algo por ella. ¡Qué impotencia, qué inútil y dolorosa oigo en mi conciencia la carga culposa del “hubiera” ¿HUBIERA? Sí, HUBIERA.

¿Viviría si hubiera sido bien atendida?, ¿si el ISSSTE hubiera funcionado para ella y para todos los derechohabientes, como su director, José Baeza Terrazas, lo pregona y hace gala de gran estipendio de frases y buenas intenciones?, las mismas que a diario se caen ante la ingrata e infame realidad que muchos ciudadanos, y en este caso los derechohabientes del ISSSTE, sentimos como si fuéramos víctimas de una delincuencia con uniforme, cuya misión humanitaria ha cambiado tan peligrosamente, que hoy ya no sabemos si vamos en busca de la salud porque ya no es novedad que en esa institución encontremos malos tratos y, en ocasiones, muchas ocasiones, la muerte, como finalmente te ha ocurrido a ti, maestra Angélica.

Vienen a mi memoria los últimos días de tu vida, en que tuviste la mala suerte de enfermarte, y que la inútil burocracia hospitalaria del ISSSTE mostrara, una vez más, su incapacidad; primero para acertar clínicamente con tu padecimiento y, segundo, llenarte de desánimo existencial ante los malos tratos y la negación a siquiera ofrecerte una incapacidad, que de poco hubiera servido, ya que tu enfermedad mal diagnosticada y mal atendida socavaba y extinguía tu vida. Cuarenta y tres años no fueron suficientes para que terminaras tu misión como madre y como mentora.

Mi alma se llena de indignación ante este acontecimiento. ¿Qué debemos hacer los ciudadanos de este país para que seamos una comunidad de seres humanos en convivencia harmónica? Donde todos hagamos lo que tengamos que hacer. Tu muerte apunta a un caso más de negligencia médica.

Señor Baeza, ya no haga más alardes de innovaciones en la institución, sería mejor buscar y encontrar un nuevo perfil para los servicios médicos. Los mexicanos afiliados a esa institución lo necesitamos para poder seguir siendo efectivos en nuestros trabajos. Por lo pronto, hoy cuatro hijos se quedan sin su madre y una comunidad escolar se queda sin su maestra.

Ni siquiera me parece necesario hacer un recuento de los últimos días de la vida de la maestra Angélica porque son muy parecidos a los de otros derechohabientes que, anónimamente, engrosan la lista de la negligencia médica.

Ni siquiera invoco a la justicia, la impunidad cubre nuestro país.

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