Axis Mundi: ‘Frankenstein’ cumple 200 años


Este 2018 se celebran dos siglos de la publicación de Frankenstein, la aclamada novela gótica de Mary Shelley, quien la escribió cuando sólo tenía dieciocho años. Esta espeluznante historia de monstruos —humanos e inhumanos— sigue cautivando a los lectores de todo el mundo, pero doscientos años después de que la desdichada y asesina criatura de Shelley cobrara vida por primera vez, ¿qué puede decirnos dicho relato sobre nuestra época? La respuesta es que tal obra sigue siendo sorprendentemente relevante para los lectores contemporáneos, a través de su clarividencia sobre los dilemas de los avances científicos y la inteligencia artificial.

Frankenstein, o el moderno Prometeo puede ser descrita como la primera novela de ciencia ficción. El protagonista, Víctor Frankenstein, utiliza una mezcla de alquimia, química y matemáticas para obtener una visión sin precedentes de los secretos para reanimar los tejidos que componen los organismos de plantas y animales. La criatura que ya forma parte del imaginario popular, de color verde y con tornillos metálicos, está muy lejos del monstruo literario de Shelley, cuya piel amarilla translúcida y labios negros se comparan con la carne desecada de una momia. Dicho espécimen repugna instantáneamente a todos los que le miran, incluyendo a su creador.

El deseo insaciable de Víctor de completar su hazaña científica es, como su criatura, a la vez cautivador y repulsivo. El monstruo es el producto de su necesidad de obtener el poder de un dios y conquistar las leyes de la naturaleza:

Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el primer entusiasmo por el éxito, me espoleaban como un huracán. La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Una nueva especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la de éstos.[i]

Cuando el proceso se completa, el joven científico se horroriza al instante por el resultado de sus esfuerzos, pero el monstruo–genio ya se encuentra fuera de la proverbial lámpara y Víctor no puede controlar a la criatura ni impedir que destruya todo lo que ama.

Esta situación refleja una desconfianza hacia los descubrimientos científicos, lo cual era común en las obras de los autores románticos. Desde sus inicios, el Romanticismo se preocupó por proponer una regulación a la búsqueda incontrolada de los avances científicos o tecnológicos, cuyo potencial fue elevado por encima de cualquier otro conocimiento humano gracias a la Ilustración.

El movimiento romántico, a la vez que reconocía la apasionante capacidad de la ciencia, valoraba la importancia del orden natural. Para una generación que vio proezas tecnológicas sin precedentes, incluyendo la invención de la máquina de vapor y los sistemas hidráulicos, todo ello debió parecer un asunto de particular importancia, sobre todo para la joven Mary Shelley. La novelista concibió su creación literaria en lo que describió como un «sueño despierto», el cual escribió febrilmente durante un verano que pasó de vacaciones con su marido, en la casa de Lord Byron.

Al combinar su interacción con dos prominentes románticos, Byron y Percy B. Shelley, así como con los vastos avances científicos de su época, la joven visionaria más bien nos legó una «pesadilla despierta». Su historia, al igual que los temores de sus contemporáneos, sobre lo que podrían traer los desarrollos mecánicos, resultaba aterradora. Tanto Frankenstein como su monstruo encarnan los peligros de los descubrimientos científicos incontrolados, y la destrucción resultante es una parábola que llama a regular tales avances.

Sin embargo, la criatura es algo más que un horrible ente deforme: a través de la observación secreta de la interacción humana, llega a entender el lenguaje, a descifrar la escritura y leer con aprecio las obras Paraíso perdido, Vidas paralelas de Plutarco y Las penas del joven Werther. Cuando se reúne con su creador, expresa apasionada y elocuentemente su deseo de ser aceptado por otra alma viviente, ya sea humana o la del propio Frankenstein.

En el fondo, la novela de Shelley no presenta a los avances científicos y tecnológicos como algo monstruoso, más bien, es la insensibilidad del creador, que no puede o no quiere anticipar los peligros de su invención, lo que resulta verdaderamente inhumano. En la era de la Fecundación In Vitro y la ingeniería genética, los estudios de alquimia y los aparatos químicos de Frankenstein nos pueden parecer encantadoramente anticuados, como instrumentos para generar vida. Pero la búsqueda de descubrimientos tecnológicos en dicho ámbito, y los peligros que esto representa para el orden natural, encuentran irónicos paralelismos en los progresos en torno a la Inteligencia Artificial y la modificación del genoma humano.

Nuestra época está llena de temores sobre la aparición de las máquinas conscientes, capaces de aprender por sí mismas, tanto de lo que pueden crear como de lo que ello significará para el futuro global de la humanidad. Los siglos XX y XXI han sido testigos de la proliferación de relatos sobre este tema, incluyendo al sempiterno Phillip K. Dick y su ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, base de los geniales filmes Blade Runner (Ridley Scott y Denis Villeneuve, 1982 y 2017, respectivamente), los Terminator (1984–), de James Cameron, Ex Machina (2014), de Alex Garland, y la serie de HBO, Westworld (2016–), cuyo episodio T02E04 constituye una profunda reflexión–homenaje sobre los alcances, y los límites, del «complejo de creador». Todas estas obras artísticas encuentran sus raíces en los temas planteados por la novela de Mary Shelley, hace 200 años: un «monstruo» creado por la propia humanidad.

Shelley le dio a su novela el subtítulo «el moderno Prometeo». El Titán mitológico, que robó el fuego de los dioses y se lo regaló al ser humano, fue torturado eternamente por sus crímenes. Hablando de paralelos, el genio de Víctor Frankenstein coloca la chispa de la vida en una criatura que no sabe controlar. La brillantez de su logro es innegable, pero la llama incontrolada finalmente consume a sus seres queridos, a sí mismo e incluso a su creación. Al igual que Prometeo, Frankenstein roba un regalo del reino de los dioses, que no puede manejar y por el que es castigado severamente.

Ahora, cuando las máquinas avanzan en su complejo proceso de aprendizaje, tal vez hacia la Singularidad de Kurzweil,[ii] el Prometeo reimaginado por Mary Shelley nunca ha sido más pertinente de lo que resulta hoy en día. Como dijo el finado Stephen Hawking: «A menos que aprendamos a prepararnos para evitar los posibles riesgos, la Inteligencia Artificial podría ser el peor suceso en la historia de nuestra civilización. Ya que conlleva peligros, como poderosas armas autónomas, o nuevas formas para que unos pocos opriman a los muchos».[iii]

NOTAS DE REFERENCIA

[i] Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, Libros en Red, 2004, p. 38.

[ii] http://www.media-tics.com/noticia/7945/tecnologias-emergentes/ray-kurzweil-cada-vez-mas-cerca-de-su-singularidad.html

[iii] https://www.fayerwayer.com/2017/11/stephen-hawking-inteligencia-artificial-podria-ser-el-peor-suceso-en-la-historia/

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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