Axis Mundi: La Era de la Identidad Desechable


En La cultura como praxis, el gran intelectual polaco Zygmunt Bauman (1925–2017) retoma uno de los notables cuentos de Borges, La busca de Averroes, para señalar las dificultades con las que nos enfrentamos los seres humanos al intentar comprendernos entre nosotros, junto con las creaciones culturales que surgen de un contexto dado.

Desconcertado por las palabras «tragedia» y «comedia» de los textos de Aristóteles, el Averroes del relato de Jorge Luis Borges luchaba durante días con la finalidad de encontrar su adecuada versión árabe. Sus problemas no eran simplemente de tipo lingüístico, de los que se solucionan acudiendo al diccionario, sino que iban más allá. Averroes nunca había ido al teatro, una invención desconocida en el Islam, es decir, ajena al mundo en el que había nacido y vivido. Carecía de la experiencia a la que esas palabras desconocidas se podían referir.[i]

De hecho, el propio Borges deja en claro que, en tal dirección, apuntaba su propósito en dicho relato:

En la historia anterior quise narrar el proceso de una derrota. Pensé, primero, en aquel arzobispo de Canterbury que se propuso demostrar que hay un Dios; luego, en los alquimistas que buscaron la piedra filosofal; luego, en los vanos trisectores del ángulo y rectificadores del círculo. Reflexioné, después, que más poético es el caso de un hombre que se propone un fin que no está vedado a los otros, pero sí a él. Recordé a Averroes, que encerrado en el ámbito del Islam, nunca pudo saber el significado de las voces tragedia y comedia.[ii]

Como tema para una historia maravillosa, contada por un gran escritor, el asunto seleccionado por Borges cumple con su cometido de narrar una imposibilidad de manera «más poética». Pero, si tratamos de verlo desde una perspectiva mundana, de lo que suele ocurrir en la monotonía de la cotidianeidad, una circunstancia como la que nos ocupa puede parecer un poco prosaica.

Sólo unas pocas almas intrépidas se atreven a intentar construir un móvil perpetuo o encontrar la piedra filosofal, pero tratar en vano de entender lo que otros no tienen dificultad en comprender es una experiencia que todos conocemos muy bien, algo que nos suele ocurrir a diario, ahora, en el siglo XXI, más de lo que les aconteció a nuestros antepasados en sus épocas. Sólo hay que traer a colación un ejemplo: la comunicación con los hijos, si uno es padre o madre, o con los progenitores, si todavía se hallan con nosotros en esta existencia.

La incomprensión mutua entre las generaciones, «vieja» y «joven», así como la suspicacia que brota enseguida tienen una muy larga historia. De hecho, podemos rastrear los síntomas de esta suspicacia hasta tiempos bastante antiguos. Pero el recelo inter-generacional se ha vuelto más sobresaliente en nuestra época, marcada por los cambios profundos, rápidos y permanentes de las condiciones de vida. La aceleración radical del ritmo de las características cambiantes de los tiempos modernos ha permitido el que «las cosas cambian de un día para otro» y «lo que nos rodea ya no es lo que solía ser» se perciba en el transcurso de una vida humana, esto es, el hecho que implica una asociación —incluso un vínculo causal— entre los cambios en la condición humana, así como la partida y llegada de las generaciones.

Desde el comienzo de la modernidad y a lo largo de su duración, los grupos de edad entran al mundo en diferentes etapas de continua transformación, las cuales tienden a diferir, pronunciadamente, en la evaluación de las condiciones de vida que comparten. Los infantes, como regla, ingresan a un mundo drásticamente diferente de aquel en el cual sus padres fueron formados, y que aprendieron a tomar como el estándar de la «normalidad». Además, como señala la frase atribuida a Heráclito, «ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río», los niños nunca conocerán el mundo, ahora desvanecido, de la juventud de sus padres.

Lo que para algunos grupos de edad podría ser visto como «lo natural, así son las cosas, la manera en que las cosas se hacen normalmente o en la que deberían hacerse», puede ser visualizado por otros como una aberración, una desviación de la norma, una situación bizarra y, tal vez, también ilegítima, injusta y abominable. Lo que para algunos de estos conjuntos de población podría ser visto como una circunstancia cómoda y acogedora, que les permitiría desplegar las habilidades y rutinas dominadas/aprendidas, podría aparecer para algunos otros como un escenario extraño y desagradable; los lugares donde cierta gente se siente como pez en el agua, a otras personas las enferma, dejándolas desconcertadas y perdidas.

Las diferencias de percepción se han vuelto en nuestros días tan multidimensionales que, al contrario de épocas anteriores, la gente joven ya no es considerada por las generaciones mayores como «adultos en miniatura» o «adultos en proceso de serlo» ni como los «seres que todavía no han madurado, pero que van a madurar en seres como nosotros». De los jóvenes ya no se espera o se supone que se encuentren «en el camino de convertirse en adultos como nosotros», sino que se les percibe como otra clase de personas, destinadas a permanecer diferentes «de nosotros» a lo largo de sus vidas. Las diferencias entre «nosotros» y «ellos» ya no se consideran como circunstancias temporales destinadas a disolverse y evaporarse a medida que los jóvenes —inevitablemente— adquieran conocimiento de las realidades de la vida.

Como resultado de todo ello, los grupos de edad mayor y joven tienden a observarse con una mezcla de incomprensión y conceptos erróneos. Los más grandes de edad temen que los recién llegados al mundo vayan a arruinar y destruir la confortable y decente «normalidad» que ellos, sus mayores, han construido laboriosamente y preservado con amoroso cariño; los jóvenes, por el contrario, podrían sentir una aguda necesidad de corregir lo que los veteranos han echado a perder. Como en el caso de la cultura, en virtud de lo que hemos mencionado, ambos grupos se encuentran insatisfechos con la situación actual y la dirección que parece seguir su mundo, por lo que culpan al otro bando se su descontento.

En el respetado diario británico The Guardian, en cierta ocasión, se presentaron un par de ejemplos sobre este agrio debate, ahí la columnista Lucy Mangan acusó a la gente joven de ser «bovina, de trasero perezoso, rellena de clamidia y buena para nada», a lo que un enojado lector respondió, en la sección de correspondencia, que los supuestamente indolentes y despreocupados jóvenes, de hecho, «obtienen altos grados académicos y están muy interesados con el caos que los adultos han creado, el cual se alimenta con opiniones mal informadas como la de Mangan».[iii] Aquí, como en incontables desacuerdos similares, la diferencia estriba, claramente, entre las evaluaciones y los puntos de vista matizados de manera subjetiva. En casos como éste, la controversia resultante difícilmente puede ser resuelta con «objetividad».

Hoy en día es común escuchar decir a los estudiantes universitarios: «no deseo que mi vida me controle demasiado. No quiero sacrificarlo todo en aras de una carrera. Lo más importante es estar cómodo, nadie quiere permanecer varado en el mismo empleo por mucho tiempo», en otras palabras, hay que mantener abiertas las opciones. Como apuntábamos en columnas anteriores, no parece ser tiempo de jurar a alguien o a algo lealtad del tipo «hasta que la muerte nos separe». Hemos «visto» que el mundo está lleno de oportunidades maravillosas, seductoras y prometedoras, sería una torpeza perder alguna de ellas por atarse de pies y manos a compromisos irrevocables. No debería sorprendernos que, en la lista de habilidades básicas para la vida, los jóvenes se vean ávidos y deseosos de dominar, esto es, «navegar» es algo que se halla siempre presente en su cabeza.

Como puede verse en las escuelas secundarias, incluso de zonas suburbanas–rurales y de escasos recursos económicos —el ámbito laboral de quien esto escribe—, los adolescentes están dejando de percibir algunas señales sociales de importancia, porque están demasiado absortos en sus iPads, laptops, smartphones, tablets y videojuegos. No hay momento en que se desconecten de sus gadgets, ni dentro ni fuera de los planteles; poco a poco se van olvidando hasta de decir un simple «hola» a sus pares, no se diga a sus profesores. Tal parece que distraerse de sus aparatos y reconocer la proximidad física de otro ser humano significa un esfuerzo inútil, esto es, dedicar un escaso y precioso tiempo a «ir a fondo en el mundo real», una decisión que interrumpe la «navegación» de tantas pantallas tentadoras.

En una vida donde todo brota de forma continua, las relaciones virtuales fácilmente derrotan a las «reales». El mundo «fuera de línea» estimula a los hombres y mujeres jóvenes a estar constantemente en movimiento; tales presiones, sin embargo, serían en vano si no fuera por la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros inter–individuales, al tornarlos breves, huecos y desechables. Las relaciones virtuales vienen equipadas con sus respectivas teclas «borrar» y «elemento no deseado» que protegen de las incómodas consecuencias —que, sobre todo, consumen demasiado tiempo— de las inter–acciones con las personas del «mundo real».

Aquí nos viene la memoria de cierta película cómica un tanto fallida, Click (2006), donde el protagonista, Adam Sandler, es dotado con un control remoto que actúa sobre la realidad que le rodea, por lo que empieza a acelerar o lentificar las situaciones que se le van presentando, incluso hacer el amor con su esposa, la bella y deseable Kate Beckinsale, en cuyo caso «acelera» el coito, lo cual es una lástima y, en cierta manera, señala con acierto esta época incapaz de concentrarse en «todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido» lo cual es la acertada definición de cultura de T.S. Eliot.

Para los jóvenes, la principal atracción del mundo virtual radica en la ausencia de contradicciones y propósitos en pugna que merodean el mundo «fuera de línea». En las antípodas de su contraparte, el mundo en línea vuelve concebible la multiplicación de los contactos, al debilitar los vínculos, en franca oposición de su inverso, conocido por su condición de fortalecer los nexos entre las personas al limitar el número de contactos, en función de profundizar la relación con cada uno de ellos. Lo anterior representa una ventaja genuina para los hombres y mujeres a quienes no deja de atormentar el pensamiento de que el paso dado podría haber sido un error, y que podría resultar demasiado tarde para lidiar con las pérdidas. De ello procede el resentimiento hacia todo lo que sea de «largo término», ya sea la planeación de la propia vida o los compromisos con otros seres vivos.

Por ejemplo, recordamos un comercial de Clinique, que evidentemente apela a los valores de las nuevas generaciones, el cual indica la llegada de un nuevo rímel que «promete mantenerse bello por 24 horas», al tiempo que comenta, «hablando de una relación comprometida. Un toque y esas bonitas pestañas perdurarán a través de la lluvia, sudor, humedad y lágrimas. Aún así, la fórmula se remueve fácilmente con agua tibia».[iv] 24 horas se perciben como «una relación comprometida», pero incluso tal compromiso no sería una opción atractiva si no fuera porque resulta fácil de remover.

Cualquiera que sea la decisión que eventualmente se tome, nos remitirá a la «capa ligera» de Max Weber, aquella que uno puede sacudirse de los hombros en cualquier momento y sin percatarse de ello, en lugar de la «jaula de acero» que ofrece una protección efectiva y duradera contra el desorden, pero que también impide los movimientos del protegido y disminuye severamente el libre albedrío.[v] Lo que le importa a la mayoría de los jóvenes es mantener la capacidad de remodelar la «identidad» y la «red de contactos» cuando se presente, o se sospeche, la necesidad de ello. La preocupación de los ancestros acerca de la identificación con algo o alguien es desechada por la inquietud de la re–identificación. Las identidades, forjadas a lo largo de milenios de actividad cultural, ahora son desechables, como todo lo demás; una identidad insatisfactoria, o una que demuestre un proceso de envejecimiento, necesita ser fácil de abandonar, incluso, si fuera biodegradable sería excelente.

La capacidad interactiva de internet se ha vuelto la medida de estas nuevas necesidades. Se trata de la cantidad de conexiones, en lugar de su calidad, lo que hace la diferencia entre las oportunidades de éxito o fracaso, porque así permanece uno en el centro del último chisme o rumor de la comunidad, los hits musicales del momento, los nuevos diseños en ropa, las fiestas y eventos más populares. De manera simultánea, nos ayuda a actualizar los contenidos y redistribuir el énfasis en la representación de uno mismo, cosa harto frecuente en las redes sociales, donde borramos o modificamos el rastro de nuestro pasado, el cual ahora resulta vergonzoso y pasado de moda.

Podrá decirse cualquier cosa, pero en el mundo en línea se facilita, incluso se torna necesaria, la labor perpetua de la re–invención, a un nivel que nunca se podrá alcanzar en la vida fuera de línea. Sin duda que se trata de una de las razones más importantes por la cual la «generación electrónica» pasa tanto tiempo en el universo virtual, tiempo que crece constantemente, en detrimento del que se vive en el «mundo real».

Pero hay que recordar que el grueso de la nueva generación aún no ha experimentado las largas privaciones, las depresiones económicas y el desempleo masivo que se hallan a la vuelta de la esquina, en gran medida gracias al esfuerzo realizado por sus progenitores que, nos ha tocado verlo, hacen sacrificios indecibles para que su «niño o niña» —aunque ya sean jóvenes adultos— posean los zapatos tenis de moda y el último gadget en salir al mercado, con lo que toda esta generación crece con la idea de vivir en un mundo en el cual cada mañana será más soleada que la anterior, más llena de agradables aventuras, con lo que sólo nos demuestran, de nueva cuenta, lo acertado de los razonamientos de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, su lúcida y profética obra del cabalístico 1929.

Aunque con una severa depresión económica, así como las crisis política y ecológica en la mayoría de los países, lo que también es señal del «inculto» (en el sentido de «no cultivado») mundo que nos tocó vivir, tal vez es muy pronto para indicar cuáles serán las visiones de mundo y actitudes culturales que terminarán por arraigar en la juventud del presente, y cómo éstas encajarán en los tiempos que se avecinan.

Notas de referencia:

[i] Zygmunt Bauman, La cultura como praxis, Barcelona, Paidós, 2002, pp. 83.

[ii] Jorge Luis Borges, El Aleph, Buenos Aires, Emecé, 37ª edición, 1982, p. 101.

[iii] http://www.guardian.co.uk/theguardian/2007/aug/11/weekend7.weekend1

[iv] http://www.clinique.co.uk/product/1606/5320/Makeup/Mascara/Lash-Power-Mascara-Long-Wearing-Formula/index.tmpl

[v] Arturo Ballesteros Leiner, Max Weber y la sociología de las profesiones, México df, upn, 2007, p. 75.

 

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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