Axis Mundi: Los superhéroes de Marvel, hijos de la Guerra Fría


Partamos del hecho que los superhéroes de los cómics son criaturas inherentemente políticas, ya que se trata de un género dedicado a las aventuras de individuos poderosos, obligados por las circunstancias, y cierta «inclinación», a usar sus habilidades para imponer su moralidad personal en el mundo a través de la violencia. Las lecturas políticas de todo ello saltan a la vista.

De hecho, en los comienzos, se hizo poco por ocultar dicha característica. La primera historia de Superman no muestra al Hombre de Acero frustrando los planes de científicos locos o caudillos alienígenas, sino salvando a una mujer falsamente acusada de morir en la silla eléctrica, protegiendo a otra de un marido abusivo, rescatando a Lois Lane de secuestradores, y luego, frustrando los planes de un político corrupto. Como el Superman recientemente reinventado por el genial Grant Morrison, el kriptoniano fue, inicialmente, un «guerrero de la justicia social», una respuesta a los años de agitación social durante la Gran Depresión en EUA.

De igual modo, la Mujer Maravilla procedía de una nación insular de mujeres guerreras, en pos de difundir un mensaje de paz al mundo de los hombres en la víspera de la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial —vestida, por supuesto, con un traje de baño inspirado en la bandera estadounidense—. Quizás el punto más famoso fue cuando el Capitán América se presentó al mundo golpeando a Adolfo Hitler en la mandíbula en la portada de su primer comic, publicado un año antes del ataque japonés a Pearl Harbor.

Al igual que Superman y la Mujer Maravilla, los orígenes y las primeras aventuras de los superhéroes más famosos de Marvel están, con frecuencia, profundamente entrelazados con la política de su época. Pero en lugar de responder a las condiciones de la Gran Depresión o de la Segunda Guerra Mundial, los personajes de la «Era de Marvel» se situaron en relación con el conflicto político predominante de su propia época, la Guerra Fría. Gran parte de este aspecto histórico se deja de lado en los relatos modernos, en particular en el actual contexto cinematográfico y televisivo, donde las referencias a conflictos que llevan mucho tiempo desaparecidos probablemente inspirarían desconcierto. Pero independientemente de si es o no relevante en la actualidad, la Guerra Fría sigue siendo una especie de «miembro fantasma» en la historia temprana del Universo Marvel: aunque parezca que los personajes se las arreglan bien sin él, se percibe que todavía falta algo.

La historia del surgimiento de Marvel ha sido contada infinidad de veces, sobre todo a partir de la reciente muerte de su emblemático editor, Stan Lee: Marvel Comics era una empresa en quiebra en los albores de la década de 1960, paralizada por años de reveses. Aunque la línea de revistas de su dueño y editor, Martin Goodman, siguió siendo rentable, la división de cómics —supervisada por el sobrino político de Goodman, Stan Lee— se vio impulsada a finales de la década de 1950 por un puñado de títulos sobre western, romance y monstruos, los cuales alcanzaron cierto éxito.

Según cuenta la leyenda, Goodman le pidió a Lee que lanzara un nuevo súper–equipo inspirado en el best–seller de DC Comics, Liga de la Justicia de América. Aunque los detalles precisos de esta génesis siguen en disputa, el resultado inmediato de la solicitud de Goodman fue Los Cuatro Fantásticos (The Fantastic Four), cuyo número uno lleva la fecha de portada de noviembre de 1961. Con guion de Stan Lee y dibujos del gran Jack Kirby, este comic era un extraño híbrido que se parecía muy poco a las historias de superhéroes de la era espacial de DC. Los personajes de Marvel discutían, presentaban autocompasión y ciertas dosis de mezquindad. Sus poderes resultaban grotescos e incluso dolorosos. Los Cuatro Fantásticos se peleaban entre ellos, se arrepentían y volvían a la recriminación, e incluso (en los dos primeros números, por lo menos) se negaron a usar disfraces. Ningún aficionado a los cómics en 1961 había visto algo parecido, y se convirtieron en un éxito de la noche a la mañana.

Por otra parte, a principios de la década de 1960, la Guerra Fría era un hecho omnipresente en la vida de casi todas las personas. Ni siquiera DC, con sus personajes frecuentemente despolitizados, resultó inmune. Sus nuevas y exitosas propuestas de superhéroes se pueden considerar como una reacción al clima político y social de la etapa inicial de la Guerra Fría, del mismo modo que la primera generación de superhéroes surgió como respuesta a los desafíos de las dos décadas previas. Por ende, la nueva generación de héroes fue representada por científicos y militares: Barry Allen era un científico de la policía transformado por un accidente de laboratorio en el nuevo Flash, mientras que el flamante Linterna Verde, Hal Jordan, era un piloto de pruebas. Estos nuevos superhéroes llevaban trajes aerodinámicos, muy diferentes a los de sus predecesores de la década de 1940, influenciados por los trajes de vuelo de los pilotos de los aviones supersónicos.

La nueva versión de Linterna Verde se estrenó a finales del verano de 1959, en el número 22 de la antología Showcase de DC. El piloto de pruebas, Hal Jordan, es convocado por el moribundo alienígena Abin Sur para recibir un anillo súper poderoso, con el fin de convertirlo en protector del sector espacial 2814. El lanzamiento del Sputnik en 1957 había centrado la atención en un «déficit de misiles nucleares» (totalmente ficticio) que supuestamente existía entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Los políticos advirtieron de las terribles consecuencias si Estados Unidos no tomaba medidas serias para reforzar la educación científica y tecnológica. Justo antes de ser llevado por la luz verde de Abin Sur, Hal Jordan se encontraba en un avión de entrenamiento estacionario, pensando que «esta aeronave de entrenamiento ayudará a formar a los pilotos espaciales del futuro»

Dentro del comic, su trabajo como piloto de una empresa contratista de la defensa, Ferris Aircraft Company, le permitía a Jordan tener acceso a la tecnología militar más avanzada del momento, y en muchas de sus primeras aventuras se dedicó a detener a varios grupos de saboteadores. Pero este tipo de espionaje industrial no procedía de agentes soviéticos, sino de empresas competidoras y científicos megalómanos decididos a robar los avances tecnológicos de Ferris Air. Aunque los guiones iniciales estaban impregnados de la clásica paranoia nacional de la Guerra Fría, la «Amenaza Roja» no era nombrada explícitamente.

Todo ello contrasta con el primer número de Los Cuatro Fantásticos. Reed Richards y sus tres compañeros adquieren extrañas habilidades al cruzar un cinturón de Rayos Cósmicos durante el vuelo de prueba de un cohete espacial experimental. La razón por la que volaban en tan peligroso vehículo era porque tenían que vencer a la Unión Soviética, como le dice la normalmente sensata Sue Storm al piloto Ben Grimm, después de que éste expresara su falta de voluntad para iniciar el lanzamiento: «Tenemos que aprovechar esta oportunidad… a menos que queramos que los comunistas nos venzan».

Para los lectores que adquirieron Fantastic Four #1 a finales del verano de 1961, las citadas palabras señalaban más que una preocupación abstracta. En abril de dicho año, los soviéticos habían logrado poner en órbita al primer hombre. Reed y su tripulación estaban decididos a ser los primeros estadounidenses en el espacio, en un cohete mucho más sofisticado que el Vostok 1, controlado a distancia, de Yuri Gagarin. A pesar de que la carrera espacial estaba en todas las manifestaciones de la cultura pop en ese momento, las primeras historias de Linterna Verde todavía lidiaban con eufemismos, mientras que Stan Lee daba voz a las preocupaciones de millones de estadounidenses que vivían con el temor de la superioridad tecnológica soviética.

Después de analizar las cifras de ventas de Los Cuatro Fantásticos, Marvel se movió rápidamente para capitalizar su éxito. El segundo personaje publicado fue El Increíble Hulk, que apareció por primera vez en su propia revista de historietas en la primavera de 1962. El relato del origen de Hulk es simple: el científico atómico estadounidense, Bruce Banner, se ve expuesto accidentalmente al estallido de su propia creación, la «bomba gamma», mientras salva a un adolescente que arribó al lugar de la prueba por una apuesta. La radiación gamma satura el cuerpo de Banner, transformándolo en el furioso Hulk, Frankenstein y su monstruo en uno sólo, un Jekyll y Míster Hyde para la era nuclear.

En la actualidad, pocos recuerdan cuál fue la razón por la que la prueba de la bomba gamma no se detuvo en el momento en que Banner salió de la caseta de control: el experimento fue saboteado por el asistente de Banner, que casualmente era un agente secreto soviético llamado Igor, quien recibía órdenes desde detrás de la Cortina de Hierro, donde el temible maestro de espías conocido como La Gárgola conspiraba para robar secretos nucleares estadounidenses.

Unos meses después de Hulk, Marvel estrenó Spiderman y Thor. Aunque los orígenes de ambos héroes, por fortuna, estaban libres de la interferencia soviética, vale la pena señalar que Peter Parker ganó sus poderes arácnidos mientras observaba una demostración pública de la energía atómica. Spiderman hizo su debut en la última edición de una antología llamada Amazing Fantasy, y no recibiría su propia revista hasta finales de 1962. Su primer supervillano fue un espía soviético llamado El Camaleón, y su aventura inicial consistió en salvar la vida de un astronauta estadounidense cuya cápsula casi fue destruida debido a un mal funcionamiento del sistema de guía.

La habilidad de Stan Lee como «vendedor» se basaba en su voluntad de seguir todas las tendencias populares hasta las conclusiones más absurdas. Los primeros superhéroes de Marvel eran, para el hombre de la calle, endurecidos combatientes de la Guerra Fría. La energía nuclear, la carrera espacial y los espías soviéticos estaban por todas partes. En octubre de 1962, mientras el mundo se hallaba increíblemente cerca de la guerra nuclear, durante la Crisis de los Misiles Cubanos, el número 87 de Journey Into Mystery anunciaba que el poderoso Thor permanecía «Prisionero de los Rojos». Apenas unos meses después, los Cuatro Fantásticos finalmente terminaron su viaje al espacio, cuando llegaron a la luna, y allí se encontraron con el Fantasma Rojo y sus Súper Simios. El Fantasma Rojo era, como lo dice su nom de guerre, otro espía soviético.

Sin embargo, el anticomunista más feroz de los comics de Marvel era Iron Man. Originalmente presentado en el número 39 de Tales Of Suspense, en diciembre de 1962, Tony Stark era entonces, como ahora, un industrial multimillonario que había hecho fortuna en la fabricación de armas. Al principio de su primera aventura, Stark le pregunta a un aturdido general: «¿Ahora cree usted que los transistores que he inventado son capaces de resolver su problema en Vietnam?». Más tarde, en un viaje de investigación al sudeste asiático, Stark es herido y capturado por las fuerzas comunistas bajo el liderazgo del temible Wong–Chu, quien es lo mismo un «tirano de la guerrilla roja» que una repulsiva caricatura racista. Es sólo gracias a la ayuda del heroico profesor Yinsen que Stark es capaz de construir la primera versión, muy rudimentaria, de la armadura de Iron Man, la cual utiliza para derrotar a Wong–Chu y escapar de sus captores.

A medida que pasaron los meses, Stan Lee fue incrementando el estatus de Iron Man como un cruzado anticomunista. La galería de sus enemigos se llenó de personajes como el Hombre de Titanio y el Dinamo Carmesí, villanos blindados empleados por la URSS. La Viuda Negra, Natasha Romanov, en sus primeras apariciones, era una espía soviética que acosaba a Tony Stark, y lo más importante, el archienemigo de Iron Man estaba representado por El Mandarín, un nacionalista chino en desacuerdo con el régimen comunista, quien tenía un tremendo poder personal que puso en práctica en sus muchos planes de conquista mundial. Asimismo, este personaje era un puñado de todos los estereotipos imaginables del «Peligro Amarillo» que pasaban por el filtro de las fobias de la Guerra Fría, durante el auge de la China Roja.

Con el paso del tiempo, Marvel se apaciguó con los comunistas. Siempre conscientes de los cambios en el imaginario del público, Lee y sus colaboradores desestimaron la «Amenaza Roja» a medida que avanzaban los años 60. De manera significativa, después de la resurrección del Capitán América en 1964, los villanos a los que se enfrentaba, en sus historias en solitario, no eran sólo soviéticos, sino nazis, chicos malos que, como el propio Steve Rogers, sobrevivieron un par de décadas después de la Rendición de las Potencias del Eje y emergieron para encontrar un mundo cambiado.

Para ese entonces, la política de Marvel pasó de ser entusiastamente anticomunista a comprometerse más con la llamada contracultura. A partir de 1964, la «Casa de las Ideas» se movió en la dirección de los universitarios que estaban leyendo sus comics en números cada vez mayores. A medida que la guerra de Vietnam se hizo más impopular, también los superhéroes de Marvel dejaron de intentar ganarla. Desapareció gran parte del abierto patrioterismo, que fue reemplazado por un humanismo liberal que parecía reflejar, con mayor precisión, las visiones del mundo de Stan Lee y Jack Kirby. Steve Ditko, co–creador junto con Lee de Spiderman y el Doctor Strange, era un comprometido conservador anticomunista, pero parecía menos preocupado por la existencia de la Unión Soviética, como amenaza militar, que por los «riesgos morales» que representaba el movimiento progresista en la política doméstica de EUA. Ditko abandonó Marvel en 1966, después de discutir fuertemente con Lee por un pago justo y derechos de autor sobre sus co–creaciones, al igual que lo haría Kirby en 1970.

A medida que pasaron las décadas, se hizo más sencillo, en la mayoría de los casos, pasar por alto el histérico anticomunismo de los primeros comics de Marvel. Aunque cada relato todavía «cuenta» como parte del canon —Marvel nunca se ha comprometido a un reinicio de su continuidad, como sí lo ha hecho DC a partir de Crisis en las Tierras Infinitas (1985)—, muchas historias más antiguas rara vez se mencionan. Cuando los viejos episodios de discontinuidad aparecen en el presente, es bastante fácil recontextualizarlos para tener en cuenta una escala de tiempo deslizable. Una referencia al presidente Nixon en 1969 es fácilmente reescrita como una al presidente Bush para una historia que ocurrió «hace 10 años». Las alusiones a la carrera espacial, en el primer relato de los Cuatro Fantásticos, pueden convertirse en algo más actual, como lo ha hecho Warren Ellis en la versión Ultimate del comic, donde el viaje ya no es al espacio exterior, sino a una dimensión alterna.

Retomando el tema de la Guerra Fría, ésta pasó a un segundo plano en los comics de Marvel a lo largo de los años 70, al igual que lo hizo para muchas personas en el mundo real. Nunca desapareció del todo, pero era más fácil fingir que no era tan importante en la era de la distensión y el compromiso entre las superpotencias. Las cosas se calentaron un poco más en los años 80, durante la administración de Ronald Reagan, antes de que finalmente se apagaran en los albores de los 90, después de la caída del Muro de Berlín y el colapso del Bloque Soviético. Personajes como el Capitán América e Iron Man trataron en sus comics las consecuencias del final de la Guerra Fría, antes de pasar a otras batallas. Estas historias, asimismo, permanecen congeladas como insectos en ámbar, indicios de momentos específicos de la historia del mundo real que se desvanecerán de la cronología personal de cada superhéroe de Marvel, a medida que pasen los años.

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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