Trabajar en Peñasquito, el máximo anhelo de Obed y Arely


MAZAPIL. Las biznagas, cactáceas y los zopilotes que abundan o sobrevuelan sobre los blancos caminos de terracería del semidesierto zacatecano ya son parte del ambiente familiar de dos estudiantes del plantel  Conalep Mazapil.

Y es que, a diferencia de los otros 203 estudiantes que cursan su educación en esta escuela, son los únicos que no regresan a su casa al terminar las clases o, en el caso de quienes se quedan en el albergue, lo hacen cada fin de semana. Ellos se van cada seis meses.

Javier Obed y Arely Marví son dos hermanos originarios de San Luis Potosí, de alto perfil de marginación social, cuyos bolsillos ven como enemigos los 258 kilómetros de carreteras y caminos de terracería que los separan de su casa.

No obstante las penurias que enfrentan cada fin de semana, cuando el albergue estudiantil cierra sus puertas y se ven obligados a rentar en Mazapil un cuarto para dormir y bañarse, su convicción se mantiene firme: concluir sus estudios para trabajar en Minera Peñasquito y, con ello, ayudar a la desgastada economía de su familia.

La distancia

La última vez que Javier Obed y Arely Marví vieron a Eusebia, su mamá, y a Javier, su papá, fue hace cuatro meses, cuando se despidieron de ellos con un beso en la mejilla en la Ex Hacienda de Sierra Hermosa, Villa de Cos.

En esa ocasión recorrieron un viaje por terracería y carretera desde la comunidad Santa Matilde, Santo Domingo, San Luis Potosí. Ya en territorio zacatecano, los hermanos García de la Torre trasbordaron dos autobuses hasta llegar a las instalaciones del Conalep Mazapil. El recorrido duró 6 horas.

El gasto de transporte de cada estudiante fue de 300 pesos desde Sierra Hermosa, más mil pesos de gasolina que empleó don Javier por irlos a dejar hasta esa localidad ubicada en el Trópico de Cáncer, en Villa de Cos, y regresarse.

Los costos de traslado fueron absorbidos por su mamá Eusebia, quien trabaja como ayudante de una tortillería, y por su papá, un electricista que ha aprendido a hacer fontanería, albañilería y “lo que salga”, ofreciendo su mano de obra en Santa Matilde y en localidades circunvecinas.

Desde entonces, la única comunicación que han tenido con su mamá y su papá es la que realizan a través de teléfono celular, cuando los jóvenes estudiantes o sus ascendientes tienen la fortuna de tener saldo.

Sólo así es posible

La familia García de la Torre es practicante de la religión cristiana apostólica. Fue precisamente en una sesión,hace cinco años, que un hermano en Cristo les comentó que en Mazapil, Zacatecas, había una escuela que tenía albergue para estudiar el bachillerato.

Lo más atractivo del comentario fue que, al concluir sus estudios, tendrían garantizado un trabajo con Minera Peñasquito, donde los sueldos eran atractivos.

Y es que el plantel Conalep Mazapil inició actividades hace 10 años, a petición y financiamiento de la empresa estadounidense-canadiense Newmont-Goldcorp, con la finalidad de formar jóvenes técnicos que pudieran ofrecer sus servicios laborales y, con ello, incentivar el desarrollo económico de la región.

En medio de la precariedad económica que les ha caracterizado, don Javier y doña Eusebia enviaron a estudiar a Mazapil a su hija mayor, Eduarda Eunice, quien hace un par de años concluyó sus estudios en el Conalep como Profesional Técnico Bachiller en Electromecánica Industrial.

Arely Marví es la segunda hija del matrimonio García de la Torre. Tiene 18 años y cursa el sexto semestre de la carrera Profesional Técnico Bachiller en Seguridad, Higiene y Protección Civil.

En pocas palabras, es capaz de resumir lo que es y ha sido su vida: “si no fuera por el albergue, yo no estaría aquí; es más, ni siquiera hubiera estudiado al salir de la secundaria”.

Y es que el albergue del Conalep Mazapil realiza un cobro simbólico a los 78 estudiantes que duermen , se bañan y se alimentan ahí: 60 centavos por día. De ahí en más, sólo hay otro cobro al inicio de cada semestre. Pero es una educación que no lesiona la economía familiar.

Ese lado amigable de esta institución educativa motivó a la familia García de la Torre a enviar a estudiar al semidesierto a Javier Obed, quien, a sus 16 años, cursa el segundo semestre de la carrera Profesional Técnica Bachiller en Motores a Diésel.

Su piel, al igual que la de su hermana, ha sido curtida por los fríos nocturnos y el agobiante Sol del semidesierto zacatecano… sin embargo,  busca que valga la pena el sacrificio de estar lejos de su familia: “al salir, quiero tener un trabajo estable, en la mina o donde sea”.

Daño colateral

Ya se cumplieron dos meses de haber paralizado actividades Minera Peñasquito y el conflicto entre ejidatarios y la empresa es el único tema social que se comenta en las desgastadas y deslucidas calles de Mazapil.

Las constructoras que se dedican a perforación profunda, cimentación de acceso, comedores industriales, la mano de obra para las distintas áreas de esta empresa ya han comenzado abandonar esta demarcación en búsqueda de un mejor horizonte.

Este golpe que recibe Mazapil en su economía tiene como “daño colateral” a estos dos estudiantes del Conalep, quienes por las tardes y fines de semana ya habían encontrado un trabajo que les permitía tener un ingreso para sobrellevar una mejor vida.

Javier Obed ayudaba a barrer, trapear, lavar platos e incluso preparar alimentos en un restaurante de la cabecera municipal, el cual era muy concurrido por trabajadores de Minera Peñasquito.

Desde hace mes y medio, le dieron las gracias y lo “banquearon”, pues ya no hay clientes en el restaurante.

La misma suerte corrió su hermana, quien también por las tardes y fines de semana realizaba la limpieza de las habitaciones en un campamento de una constructora. Después de que la mina paró labores, el pasado 27 de marzo, sólo pudo retener su trabajo dos semanas más, pues la empresa dejó todo y se fue.

Hablar con franqueza y sinceridad es un rasgo que caracteriza a esta joven potosina. “Yo escucho una cosa y otra por lo de la Mina Peñasquito; la verdad, no sé cómo está la situación, pero lo que me gustaría es que vuelva a operar la mina, porque el futuro al que aspiro está ahí”.

Aprendió a sembrar en el semidesierto

Hay quiénes dicen que las tierras del semidesierto son poco productivas para la agricultura, pero esta joven potosina aprendió de la sobrevivencia de las biznagas y las cactáceas a sembrar y cultivar semillas de valor único y universal.

En tres años de vivir en Mazapil, Arely cosechó dos sueños. El primero está por cumplirlo, pero tendrá que esperar hasta quién sabe  hasta cuándo: ser supervisora en Minera Peñasquito; la solicitud ya la había metido en una empresa de gestoría en recursos humanos, misma que emitió una lista de vacancia de 15 puestos.

El otro sueño se pospondrá por lo menos un año, pues en este momento no hay condiciones económicas para realizarlo: iniciar sus estudios en Medicina Humana.

A unas semanas de concluir sus estudios, Marví ya ha compartido a Obed su secreto de arar la tierra, sembrar y cultivar esta semilla especial, la cual podrá darle un sabroso  fruto en 2021, cuando el joven potosino concluya sus estudios.

Erik Flores / Tropicozacatecas.com

Fotos: Erik Flores

SÍGUENOS EN FACEBOOK:

TRÓPICO DE CÁNCER NOTICIAS

EL LÍDER EN NOTICIAS DE ZACATECAS

 

Puedes compartir esta noticia en tus redes sociales.
  • 775
    Compartido
Anterior Peñasquito, un antes y después para Narro
Siguiente Ulises Mejía entrega microcréditos a comerciantes capitalinos