Axis Mundi: Feliz cumpleaños, 007


En 1981 se probó con éxito un nuevo modelo de nave espacial: el transbordador. Este tipo de vehículo representó un avance respecto de sus predecesores: era reutilizable y, en el espacio exterior, presentaba capacidades múltiples de aprovechamiento (reparación de satélites, investigaciones científicas, misiones militares), mientras que en nuestra atmósfera se comportaba como un avión, evitando las costosas operaciones marítimas de salvamento de las otras clases de naves tripuladas.

Pero resulta que dos años antes, en 1979, en el filme Moonraker, James Bond mostraba todas las posibilidades del transbordador espacial, desde su uso aéreo hasta su utilización para el transporte de personal, abastecimiento de una estación orbital y como arma en una batalla en el espacio exterior. Ésta ha sido una de las características de las películas del 007: presentarnos elementos que van un paso delante de su época, elementos que pasan a formar parte de la cultura de nuestros días:

«Porque si Bond permanece como una figura atractiva y de identificación para los espectadores fílmicos, el mismo Fleming (creador del personaje en una serie de novelas y cuentos cortos entre 1953 y 1964) podría presentarse como una especie de profeta al predecir un terrorismo posterior a la Guerra Fría, con todo y las células de agentes ‘durmientes’, y un tipo de invisibilidad que la vieja y monolítica Unión Soviética nunca podría haber logrado».[i]

Tal vez para muchos de los que han visto alguna vez los filmes de esta serie —sobre todo los interpretados a partir de la actuación de Roger Moore hasta Pierce Brosnan (1973–2002),[ii] la impresión que les ha quedado es la de un personaje que logra siempre sus objetivos gracias a la tecnología que le proporcionan sus oficiales superiores: un reloj con rayo láser integrado, misiles debajo de los faros del automóvil, etcétera. Pero, lo que se escapa en medio de ese despliegue de trucos técnicos, es la persona que los utiliza. El factor humano, a fin de cuentas, sigue siendo decisivo en el añejo campo del espionaje.

Tan sólo hay que recordar las guerras del Golfo Pérsico y la ex–Yugoslavia de fines del siglo pasado: a pesar del avance que presentaron los medios electrónicos de espionaje (satélites, aviones de reconocimiento, cámaras infrarrojas, sensores y un larguísimo etcétera), todo ello no pudo evitar que Hussein y Milosevich se burlaran de la otan, al engañar tan sofisticados aparatos con trucos bastante sencillos: los aviones awacs detectan las formaciones de tanques de guerra gracias al metal con el que están construidos. La solución que encontró el ejército de Hussein es digna de Pancho Villa: elaboró tanques de madera y, en su interior, colocó tambos llenos de virutas de metal.[iii]

El que ejércitos tan poderosos como los del bloque occidental se vieran en tal situación, no hace más que confirmar que la máquina nunca podrá superar al ser humano, sobre todo en las misiones de espionaje, lo que está demostrado desde que Josúe envío agentes a la ciudad de Jericó, para conocer la situación que reinaba en ella ante la presencia de las huestes hebreas.[iv]

Por otra parte, la importancia de un personaje como James Bond también reside en que sus aventuras pasan a mostrarnos la otra cara del mundo que vivimos. Lo anterior era muy palpable en los 60, cuando, mientras por su parte los hippies pedían amor y paz, casi desligándose de su contexto socio–político (lo cual era uno de sus objetivos), Bond demostraba que la guerra nuclear no desaparecía con sólo cerrar los ojos, justo como ocurre ahora, con la crisis cada vez más fuerte entre Pakistán e India por Cachemira.[v]

Incluso desde su origen literario en la novela de Ian Fleming, Casino Royale, en 1953, se puede percibir cómo, por las referencias a marcas y productos específicos, el personaje del agente 007 anticipaba el arribo de la «cultura» consumista que nos ha llevado a la catástrofe planetaria de nuestros días, una época donde James Bond sigue poniendo el dedo en la llaga, al combatir empresarios de corporaciones multinacionales, patrocinadores directos del fenómeno que hemos conocido como «globalización» y quienes, en una de las recientes entregas de la serie —ya con el protagónico de Daniel Craig y la presencia de los paisanos Joaquín Cosío y Jesús Ochoa—, 007: Quantum (2008), buscan controlar las reservas hídricas de todo un país, Bolivia.

En lo personal, es posible que la afición a las películas del agente británico la lleve en los genes. Cuando mis padres eran novios, asistían al cine a ver las cintas donde Sean Connery interpretaba al 007. Este detalle me lo comentaban desde que era niño aunque, en la infancia, las películas que me tocaron ver fueron las estelarizadas por Roger Moore, Moonraker (1979) la primera de ellas. Supongo que eso ayudó bastante a que me hiciera «fan» de James Bond, porque en esa época —me encontraba en la secundaria—, las historietas políticas del genial Rius me habían hecho «comunista», enemigo del decadente mundo occidental.

Como a James Bond se le consideraba el emblema del capitalismo por excelencia, lo más probable hubiera sido que no me hubieran gustado sus filmes. Pero desde esa tarde que asistí al cine a ver Moonraker —Misión Espacial le llamaron en México—, me di cuenta de lo incomprendido que estaba el personaje: en ninguna parte de la cinta salía un solo comunista en el papel de «villano». Años más tarde, cuando tuve oportunidad de ver la serie completa, me percaté de que Bond no se dedicaba a combatir en exclusiva «militares soviéticos dementes», como reza el tan difundido cliché, sino amenazas que terminarían por afectar a gran cantidad de personas, en acciones que rozan el genocidio, sin importar ideologías o regímenes políticos:

«Un error común manejado por los espectadores casuales de Bond es que las películas sólo representan las políticas de la Guerra Fría, enfocándose en la lucha de un espía occidental contra la agresión y espías soviéticos. De hecho, cualquier observación sistemática de las cintas de Bond revela lo contrario. Los espías soviéticos no son, generalmente, los agresores en los filmes de Bond. Por el contrario, son mostrados como adversarios cautos y razonables, con una agenda no significativamente diferente de sus contrapartes británicas».[vi]

A veces sospecho que, en el fondo, las películas de James Bond contenían un llamado a la cordura en un mundo que estaba —sigue estando, según varios reportes de la onu y otros medios de información[vii]— al borde de la guerra nuclear.

A pesar de que es un símbolo innegable de la cultura de las últimas cuatro décadas, el personaje de James Bond se encuentra muy satanizado entre varios sectores de la población. Se le acusa de ser simple, reaccionario, machista,[viii] servidor de la hegemonía occidental, ser producto de un subgénero (las novelas de espionaje) que «oficialmente» no merece la atención del sector académico. Sin embargo, es posible que un análisis detallado del personaje y del ambiente en que se mueve nos pudiera brindar la oportunidad de apreciarlo en su justa dimensión, de revalorarlo.

Este 5 de octubre de 2019 se cumplieron 57 años del estreno del primer filme de la saga del Agente 007, Doctor No (1962), y se calcula que, por lo menos, casi tres cuartos de la población del mundo ha visto una película de James Bond.[ix] Pero tomemos en cuenta otro factor: el de su permanencia en el séptimo arte y la aceptación de los espectadores a lo largo casi 60 años.

Muchos estudiosos y críticos de cine han vaticinado más de una vez la debacle del 007, pero éste surge de improviso y, de nuevo, se gana la aceptación del público, como ocurrió con el más reciente cambio de actor en la cinta Casino Royale (2006), donde Daniel Craig[x] reemplazó a Pierce Brosnan en medio de un feroz debate entre los seguidores de la serie, quienes en principio rechazaban al primero, sobre todo porque representaría en pantalla a un James Bond, tanto en lo narrativo como en el aspecto físico, bastante alejado de su concepción fílmica a lo largo de varias décadas. Por fortuna para todos, Casino Royale resultó ser un genial reseteo de la saga, obteniendo una gran aceptación tanto de los espectadores como de los críticos, a pesar de haber significado un comienzo a partir de cero para el personaje.

¿Cuáles son las razones de este grado de aprobación, capaz de resistir una reinvención a fondo como la realizada en el citado filme de 2006? ¿Por qué con sólo mencionar un nombre, una clave numérica o tararear un tema musical suele generarse una imagen mental de este personaje? ¿Cuáles son los rasgos que le han permitido una «vida» aún fuera de las pantallas y de las novelas?

Tal parece que James Bond es uno de esos fenómenos que responden a una situación en la cultura de una época y que, mientras siga cumpliendo con el papel que juega dentro de nuestra sociedad, seguirá vigente. Intentar comprender cómo y porqué este personaje ha llegado al citado nivel de estatus en nuestro mundo, de alguna forma, puede ayudar a comprendernos un poco más como seres humanos, quiénes hemos sido y quiénes somos a lo largo de lo que, a todas luces, parecen ser la época más vertiginosa de nuestra especie… Aunque la polémica continué y algunos fans (ya sólo unos cuantos) digan que el agente 007 se terminó cuando Sean Connery dejó de interpretarlo.[xi]

Notas de referencia:

[i] Edward P. Comentale, Stephen Watt and Skip Willman, (eds.), Ian Fleming & James Bond, The Cultural Politics of 007, Indiana University Press, Bloomington, 2005, p. xiii.

[ii] Roger Moore: Vive y deja morir (1973), El hombre del revólver de oro (1974), La espía que me amó (1977), Moonraker, misión espacial (1979), Sólo para tus ojos (1981), Octopussy (1983), En la mira de los asesinos (1985); Timothy Dalton: Su nombre es peligro (1987), Licencia para matar (1989); Pierce Brosnan: Goldeneye (1995), El mañana nunca muere (1997), El mundo no basta (1999), Otro día para morir (2002).

[iii] «Al final resultó evidente que para ciertas tareas en determinados lugares todavía no existe rival del instrumento de recogida de información más antiguo que se conoce: el ojo humano, elemento estratégico de primera categoría». Fredderick Forsyth, El puño de Dios, Plaza & Janés, Barcelona, 1994 p. 638.

[iv] Josúe, 2, 1:2.

[v] http://www.tropicozacatecas.com/2019/03/23/guerra-nuclear-el-monstruo-sigue-ahi/

[vi] Steven Zani, «James Bond and Q: Heidegger’s Technology», en James B. South & Jacob M. Held (eds.), James Bond and Philosophy: Questions Are Forever, Open Court, Chicago, 2006, p. 183.

[vii] How One Nuclear Skirmish Could Wreck the Planet, http://www.wired.com/wiredscience/2011/02/nuclear–war–climate–change/

[viii] Argumento que el más reciente actor en interpretar al personaje en cuestión, Daniel Craig, hizo inválido, al mostrar a James Bond brindando su apoyo al Día Internacional de la Mujer 2011, de una manera por completo inédita e inesperada: http://www.youtube.com/watch?v=gkp4t5NYzVM

[ix] James Chapman, Licence to Thrill, a Cultural History of the James Bond Films, Columbia University Press, Chichester, 2000, p. 14.

[x] Quien se despedirá con el filme No Time to Die (2020), https://es.wikipedia.org/wiki/No_Time_to_Die

[xi] Tanta era la relación amor/odio entre Connery y el 007, que el gran actor escocés se vio en la necesidad de ‘despedirse’ dos veces del personaje: en Los diamantes son eternos (Diamonds are Forever, 1971) y Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, 1983).}

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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