Axis Mundi. AMLO: el sueño ha terminado


Los desafíos que enfrenta nuestro país, desde la transición del gobierno hegemónico del Partido Revolucionario Institucional (PRI) hace 19 años, siguen siendo numerosos y difíciles de superar: la corrupción desenfrenada, la constante violación de los derechos humanos, la espiral de violencia, la impunidad, la ineficacia del estado de derecho y la incapacidad del Estado para proteger los derechos básicos de sus ciudadanos. 

La violencia generada por la narco–economía, en particular, ha experimentado un rápido e intenso proceso de diversificación y popularización —con niños, niñas y adolescentes cantando a todo pulmón narco–corridos por los pasillos de las escuelas—, mientras que la capacidad del Estado mexicano para disuadir a las fuerzas que se le oponen se ha mantenido críticamente baja. Por si fuera poco, durante la última década, el ámbito jurídico se ha vuelto cada vez más complejo, fracturado y multipolar, lo que hace casi imposible que las autoridades respondan con eficacia.

Como mencionamos en esta columna hace unas semanas (1), el 17 de octubre de 2019, después de una operación caótica que llevó al arresto de Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín Guzmán Loera, «El Chapo», organizaciones criminales leales al Cártel de Sinaloa sitiaron con notable efectividad la ciudad de Culiacán, Sinaloa, sometiendo al ejército y enviando a la lona la inoperante política de seguridad del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), a sólo 9 meses del inicio de su gestión. El gobierno federal no tuvo más remedio que liberar al prisionero en un intento de detener la violencia que aterrorizó a cientos de miles de ciudadanos durante 6 horas. 

La victoria del Cártel de Sinaloa, al someter al gobierno, representa una enorme humillación para la actual administración y pone al descubierto la total falta de capacidad del Estado para sofocar la violencia en todo el país, lo cual quedó demostrado con la escalada de violencia que hemos padecido en días recientes: la masacre de la familia Le Barón; los asesinatos, narco–bloqueos y amenazas de bombas en Ciudad Juárez (2); las emboscadas contra fuerzas policiales en el resto del país, junto con un larguísimo etcétera. Como bien advirtieron varios analistas: la capitulación ante el Cártel de Sinaloa sólo abrió la Caja de Pandora para que las demás organizaciones criminales comenzaran a actuar a su libre albedrío, conscientes que, de parte del garante de la seguridad de todos los mexicanos, tan sólo recibirían «abrazos, no balazos» (3).

Según AMLO, en lugar de seguir una estrategia militar como sus predecesores, para tratar de limitar el crecimiento y el alcance de la violencia, ha decidido seguir una estrategia de pacificación y seguridad que se centra en tratar de resolver las raíces sociales de la inseguridad. El actual presidente considera a la pobreza como la principal razón por la que los jóvenes mexicanos se están uniendo a las organizaciones criminales y, con dicha perspectiva, está basando su estrategia en un concepto erróneo: «la pobreza causa violencia». 

Es fácil desdibujar la correlación entre los dos factores sociales, y mucho más fácil sostener el citado mito para justificar un enfoque simplista de la violencia: «si la gente es violenta, suele ser porque es pobre, porque cuando eres pobre, tus oportunidades de escapar de la pobreza son excepcionalmente limitadas, por lo que tienes que recurrir a la violencia; por lo tanto, las personas que tienen dinero no serán violentas». Sin embargo, dicha falacia, que ha emplagado por completo a la actual administración presidencial, queda en evidencia cuando constatamos que la corrupción masiva que socava las instituciones políticas en México no es cometida por los pobres, así como los grandes capos de la droga tampoco son pobres.

Es cierto que la crisis de México se manifiesta a través de la violencia, pero sus verdaderas raíces son la corrupción generalizada, la debilidad del Estado y sus instituciones, así como la falta de visión de la clase política para anteponer el interés del país a sus propios intereses electorales particulares. Lo anterior provoca que cualquier intento de resolver los graves problemas del país se halle sujeto a los caprichos de quienes están en el poder, sin importar el partido del que proceden. 

Culiacán, la masacre de la familia Le Barón y la actual debacle en Ciudad Juárez sólo demuestran que el gobierno puede ser fácilmente superado en armas, en inteligencia y en número de efectivos, por ende, la estrategia de pacificación que tanto defiende AMLO ha quedado hecha añicos, ante el descrédito de los mexicanos y la comunidad internacional (4).

La realidad es que el Estado mexicano se encuentra fallando en al menos 6 de sus funciones básicas: 

  1. No puede garantizar la seguridad interna; 
  2. No ha podido proteger los derechos de sus ciudadanos; 
  3. Ha sido ineficaz en asegurar el respeto del estado de derecho y la administración de justicia; 
  4. Ha fracasado en la promoción de las políticas dirigidas a mejorar el bienestar de su población; 
  5. No ha mantenido una economía estable que se traduzca en mejores condiciones de vida para sus ciudadanos; 
  6. Y el Estado no ha actuado como titular exclusivo del monopolio de la fuerza.

Por ende, sólo hay dos maneras de detener la actual espiral de violencia en México: 

  • Volver la Pax Narca (5) que se mantuvo en el país durante gran parte del gobierno hegemónico del PRI, lo cual podría ocurrir cuando una o dos organizaciones criminales se hagan lo suficientemente poderosas como para establecer una disuasión suficiente que lleve a monopolizar el mercado de las drogas, al ser capaces de evitar que éste se fragmente aún más. 
  • La segunda opción es si acaso, algún día, el Estado mexicano será capaz de construir la suficiente capacidad de disuasión para alinear a las fuerzas que se le oponen. Sin embargo, lo anterior se ve obstaculizado por la prevalencia de instituciones débiles y la falta de compromiso de todos los actores políticos con una profunda reforma del Estado. Además, se requiere de algo más que un líder pseudo–izquierdista —lo que en realidad es AMLO—, ondeando la bandera de la modernización y el cambio, pero cuyas políticas están peligrosamente impregnadas de una fuerte retórica nacionalista que hace eco de la época dorada del PRI, durante los años setenta del siglo pasado.

Por lo tanto, el resultado más probable es que AMLO, al igual que sus predecesores, termine por convertirse en una gigantesca decepción, aunque miles de sus fans se empeñen en negar las evidentes deficiencias del actual presidente. Lamentablemente, los mexicanos dimos prioridad a los anacrónicos y desastrosos sueños de un candidato mesiánico, por encima de la lenta pero vital labor de creación de instituciones y la auténtica reforma del Estado, las únicas respuestas a décadas de decepción.

1 http://www.tropicozacatecas.com/2019/10/20/axis-mundi-4t-hacia-un-narco-estado/
2 https://netnoticias.mx/juarez/suma-juarez-3-dias-bajo-fuego-van-22-vehiculos-incendiados/
3 https://www.voanews.com/americas/massacre-americans-shows-drug-war-rules-no-longer-apply
4 https://www.excelsior.com.mx/opinion/jorge-fernandez-menendez/el-fracaso-de-abrazos-no-
balazos/1329861
5 https://www.e-consulta.com/opinion/2019-03-07/la-pax-narca

 

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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