Postcréditos: Hollywood y el fantasma en la máquina


A partir de agosto de 1908, la Ford Motor Company inició la producción de uno de los vehículos más icónicos de todos los tiempos: el Ford Modelo T. Entre 1908 y 1927, se llegaron a vender más de 15 millones de unidades del Modelo T y, en 1999, fue nombrado como el auto más influyente del siglo XX.

Además de las nada despreciables cualidades que lo separaban de los demás automóviles de su época, una de las características más importantes del Modelo T era su modelo de elaboración: la producción en línea, la cual permitía la rápida fabricación en masa de estos vehículos. En palabras de Henry Ford: “Construiré un automóvil para la gran multitud… Será construido con los mejores materiales, por los mejores hombres que pueda contratar, a partir de los diseños más sencillos que la ingeniería moderna pueda idear.”

 

Octubre de 2019

Durante una entrevista en Inglaterra, el cineasta Martin Scorsese declara que las películas de superhéroes que dominan la taquilla global no son cine. “No las veo. Lo intenté, ¿sabes? Pero eso no es cine… Honestamente, lo más cercano que pienso de ellas, por muy bien que estén hechas, con los actores haciendo lo mejor que pueden dadas las circunstancias, son los parques temáticos. No es el cine de seres humanos tratando de transmitir experiencias emocionales o psicológicas a otro ser humano”.

Ignorando la polémica que desataron sus declaraciones, había un elemento interesante en lo que dijo y que se dio a la tarea de explayar en un artículo que publicó en el New York Times. “Muchos de los elementos que definen el cine como lo conozco están presentes en las películas de Marvel. Lo que no hay es revelación, misterio o un genuino peligro emocional. Nada está en riesgo. Las películas están hechas para satisfacer una serie específica de demandas y están diseñadas como variaciones de un número finito de temas. Son secuelas en nombre pero remakes en esencia, y todo lo que hay en ellas debe ser oficialmente aprobado…”

La queja entre cinéfilos y críticos de cine sobre las películas fabricadas en masa, imitando el proceso de producción en línea de Henry Ford, no es nueva, pero aprovechemos ahora que está en boca de todos para hablar acerca del método industrial que tiene Hollywood para producir películas y por qué, dentro de este mismo sistema, nos ha dado algunas de las obras más emblemáticas del séptimo arte.

Insisto, este tema no es nuevo. En su documental “La Historia del Cine, Una odisea”, el critico y director, Mark Cousins, hablando sobre el cine hollywoodense de los años 20’s y 30’s, describe un escenario muy parecido a lo que ocurría en las fábricas de la compañía Ford por esas mismas fechas. El sistema de producción hollywoodense privilegiaba la agilidad y el uso eficaz de los recursos a la profundidad narrativa de las historias. También le daba prioridad al espectáculo y el valor del entretenimiento, por sobre el drama y el estudio de personajes.

Este modelo de producción tiene sentido desde un punto de vista funcional. A fin de cuentas, el cine es también una industria, produce bienes y genera empleos. Pero, a diferencia de las fábricas de la compañía Ford, el cine necesita de artesanos en su línea de ensamblaje. El enfoque industrial de Hollywood permitió elevar los estándares de calidad en sus producciones, pero el toque humano en la manufactura de estas películas las elevaba a algo más que simples productos de consumo. Parafraseando a Mark Cousins, si Hollywood era una máquina, el fantasma en la máquina era el arte.

Conforme pasaban los años, y el gusto y conocimiento de las personas sobre el cine iba creciendo, se le fue dando cada vez más importancia al talento individual detrás de cada película. No sólo a las y los actores que interpretaban a los personajes de la gran pantalla, sino también a directores, guionistas, cinematógrafos. Con la aparición de movimientos cinematográficos en todo el mundo, resultado y motivo de una naciente escuela de crítica y teoría fílmica, la figura de los realizadores comenzó a crecer a los ojos del público, lo cual afectaba su decisión al momento de comprar sus boletos de cine. En Estados Unidos, esto llego a una masa crítica en los 70’s, con el comienzo de una era que se conoció como Nuevo Hollywood.

Para hacer el cuento corto: debido a la popularidad de la televisión y a la falta de originalidad en sus producciones, a finales de los 60’s, los grandes estudios de Hollywood se encontraban en una crisis financiera, por lo que comenzaron a apostarle a una nueva generación de realizadores. Todos ellos compartían un conocimiento cinéfilo similar, una infancia llena del Hollywood clásico y una juventud ansiosa en su interés por descubrir las posibilidades que abría el cine mundial de ése entonces. Muchos de ellos eran egresados de escuelas de cine, y estaban empapados por las teorías fílmicas de aquella época, las cuales enfatizaban el rol del director como autor de su obra.

Ya conocemos los nombres, ya conocemos las películas. En lo que nos concierne, la importancia del Nuevo Hollywood radicaba en la conciliación de una auténtica visión artística con la capacidad de generar ingresos. Dentro de este nuevo sistema, sacrificar recursos, tiempo y esfuerzo en la visión de un director no entraba en conflicto con la naturaleza capitalista de los estudios. Fue la época de Scorsese, Coppola, de Palma, Lucas, Spielberg. En esos años tenemos numerosos ejemplos de producciones cuyos presupuestos finales excedían lo que inicialmente se había contemplado, pero no había pedo porque los resultados justificaban la inversión. El director era el jefe y se hacía lo que él dijera.

 

Hasta noviembre de 1980.

Dentro del mismo artículo del New York Times, Scorsese menciona que, en el sistema de estudio de Hollywood, “… la tensión entre los artistas y las personas encargadas de los negocios era constante e intensa, pero era una tensión productiva que nos trajo algunas de las mejores películas que se hayan hecho”.

La relación entre los ejecutivos y los realizadores siempre ha sido complicada. Es un estira y afloja entre la justificación de aportar recursos valiosos y ajenos a la creación de una visión personal. Pero es interesante que Scorsese conceda cierto valor a la intromisión de la gente que pone el varo. A final de cuentas, los directores son seres humanos, totalmente capaces de cometer errores de juicio, y la idea de ponerles una correa con el propósito de no consentirlos en cada una de sus demandas suena como algo razonable. Si no me creen, pregúntenle a la United Artists sobre Michael Cimino.

Después de que su película de más de tres horas sobre la guerra de Vietnam (El Francotirador, 1978) fuera un éxito, tanto en taquilla como en crítica, Cimino, con toda la confianza del mundo, y respaldado por los recursos de un estudio grande, se dio a la tarea de realizar un proyecto ambicioso: un western épico titulado “La puerta del cielo”. Más de 30 años después, con el poder de la perspectiva, se le ha dado un trato más generoso a esta película, pero cuando salió fue un desastre como nunca antes Hollywood había visto. Cuenta la leyenda que al sexto día de rodaje, la película ya llevaba 5 días de retraso. Con sus constantes y caprichosas demandas a la producción y una manía por realizar hasta 50 tomas por cada escena individual, el presupuesto de la película comenzó a inflarse al igual que el ego de su director. Su fracaso, tanto en crítica como en taquilla, no sólo arruinó la carrera de Michael Cimino, sino que también puso fin al estudio que fundó el mismísimo Charlie Chaplin.

El estreno de “La puerta del cielo”, en noviembre de 1980, es generalmente considerado como el final del Nuevo Hollywood. La libertad con la que operaron los nuevos realizadores de los setentas ahora se vería reducida por producciones más reguladas y con presupuestos más limitados. De ahora en adelante, Hollywood tomaría riesgos controlados.

Y ése es más o menos el problema al que se refiere Scorsese. “Nada está en riesgo”. Todo está planeado, desde la concepción de la historia hasta el estilo de montaje, para satisfacer un conjunto específico de expectativas. Él fue claro cuando dijo que su postura nacía de los criterios que él tiene para considerar al séptimo arte. Nadie puede negar el talento que está detrás de estas mega-producciones, y es necesario reconocer que, en ocasiones, logran crear películas que trascienden su objetivo comercial para convertirse en verdaderas obras de arte. Pero estos casos son las excepciones, no la regla.

Apenas que comienzan los 20’s del nuevo milenio, el sistema de estudios está de vuelta a los 20’s del siglo pasado. La maquinaría hollywoodense opera bajo los mismos criterios de la producción en línea de Henry Ford, películas realizadas con los mejores recursos, por los mejores hombres que se puedan contratar, a partir de las historias más sencillas que los guionistas puedan escribir. El fantasma en la máquina sigue ahí, latente y escondido entre los engranes. Pero si quieren ver cine arriesgado, que invoca al fantasma con libertad y sin temor, vean otras películas.

Escrito por Heikan

 

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