Axis Mundi: Pandemia, literatura y fortaleza


Mientras el coronavirus se propagaba por el mundo, los editores de libros informaron de altas ventas en las novelas que tratan sobre pandemias. Thrillers como Apocalipsis, de Stephen King, y Los ojos de la oscuridad, de Dean Koontz, volaron de los estantes de las librerías, incluso, en España se preparaba una masiva reedición de esta última novela, sin embargo, la ferocidad con la que el Covid–19 se dispersó en la península ibérica lo impidió. Empero, dejemos a King y Koontz por ahora, además, como nuestros lectores recordarán, ya los hemos mencionado varias veces recientemente en esta columna,[i] en su lugar, señalaremos algunas obras que ofrecen, si no consuelo, sí ejemplos de cómo encontrarse con una nueva realidad mostrando dignidad, y tal vez fortaleza.

  • Pálido caballo, pálido jinete, por Katherine Anne Porter

En 1918, el año de la «Influenza Española» que comenzó en Kansas, la reportera Miranda conoce a Adam, un soldado que anda de permiso. Su romance se lleva a cabo con el alegre diálogo propio de su generación de jóvenes, pero la pandemia, los funerales y «esta asquerosa guerra» resultan omnipresentes, y Miranda cae enferma. La propia autora estuvo a punto de morir de influenza en 1918 y sufrió meses de complicaciones. La descripción de Porter del descenso de Miranda al inframundo del delirio es una revelación: una experiencia cercana a la muerte y la posterior recuperación contada por una veterana de esa batalla mental, física y espiritual.

La pandemia de influenza de 1918 pudo ocurrir gracias a las condiciones originadas por la Primera Guerra Mundial —soldados que vivían cerca de los poblados, miles de personas en movimiento, malnutrición— y tuvo un coste humano aún mayor que la contienda, la cual no fue más que una catástrofe estúpida provocada por la arrogancia y el imperialismo. Pálido caballo, pálido jinete es un tipo diferente de novela anti–bélica, una obra de arte sobre la lucha por la existencia y la maravilla de estar vivo.

  • Estación Once, de Emily St. John Mandel

Esta novela de 2014 comienza con una situación estándar para el tipo de ciencia–ficción que comentamos en la columna pasada:[ii] una pandemia ha aniquilado a la mayoría de la humanidad, lo cual lleva al mundo a un punto muerto. Veinte años después, la gente que busca seguridad deambula entre los escombros: hay peligro y violencia, pero la experiencia diaria está marcada más por la ausencia de casi todo lo que pensamos que es señal de una civilización. No es como un apocalipsis zombi, sólo suburbios vacíos y un aeropuerto donde los vuelos están cancelados para siempre. La electricidad e Internet, recordados con asombro y ternura, no son posibles en un mundo arruinado sin suficientes personas capacitadas para echarlos a andar. Tentativamente y con ingenio, grupos de humanos errantes se reúnen para refugiarse, cuidarse unos a otros y empezar de nuevo.

Al describir los espacios en blanco que quedaron después del desastre, Mandel evoca el aprecio por el mundo real e interconectado que a menudo damos por sentado. Entremezclada con la narración posterior al colapso, se halla la historia de un tal Arthur Leander, un actor que muere en el escenario justo antes de que se produzca la pandemia. Comparados con una distopía post–peste de pocos habitantes, los detalles cotidianos de la vida y las relaciones de Arthur parecen, al principio, misteriosamente aleatorios. Sin embargo, sumados y vistos desde la distancia, donde las muchas intersecciones de una existencia humana imperfecta se hacen claras, tales detalles indican que podría haber un patrón importante incluso en una vida que está más allá de nuestra comprensión.

Hay una quietud en el centro de Estación Once que invita a la contemplación: una serenidad que resuena en nuestras propias ciudades en el momento actual, donde las calles están más tranquilas, los restaurantes se han cerrado y los autobuses avanzan casi vacíos. Leyendo a Mandel llegamos a comprender cuánto valoramos nuestro mundo habitual, cotidiano e imperfecto.

  • La Peste, por Albert Camus

El escenario de la novela es una ciudad argelina durante la época del colonialismo francés, pero los comienzos de una pandemia en esta obra resultan paralelos a los que hemos visto recientemente en México: los primeros indicios de una crisis inminente son ignorados por la mayoría de los habitantes de la ciudad y negados por la ofuscación burocrática. Cuando finalmente se toman medidas, ya se está produciendo una emergencia. De repente, los residentes se topan con una nueva realidad: están cautivos en un pueblo cerrado, donde las enfermedades contagiosas se hallan a la vuelta de la esquina y tienen poco control sobre sus propios destinos.

La peste en este caso es bubónica, la madre literaria de todas las plagas, y las terribles muertes de sus víctimas se describen con detalles realistas. Camus, quien luchó en la Resistencia Francesa, comenzó la novela a principios de los 40 del siglo pasado y la publicó unos años después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se interpretó como una poderosa alegoría del ascenso del fascismo.

El coronavirus no es la peste bubónica, pero el fascismo rastrero, por otro lado, ya tenemos tiempo percibiéndolo en muchas sociedades del planeta. Podemos decir que hay una pregunta central en la trama de la novela: ¿cómo deberían los humanos responder a la realidad del sufrimiento extremo? Algunos personajes intentan escapar de la lucha existencial, y otros buscan sacar provecho de ella. Varios eligen otro camino, como el doctor Rieux, que se expone repetidamente al contagio cuando atiende a los enfermos, y el escritor Jean Tarrou, quien organiza una cuadrilla para limpiar las calles de cadáveres, arriesgando su propia vida por la seguridad pública.

Camus sabía algo sobre la gente que se dedica al bien común, incluso cuando la lucha contra la plaga, sea cual sea, parece interminable. «No tengo afición al heroísmo ni a la santidad. Lo que me interesa es ser hombre», dice el doctor Rieux, refiriéndose a su código personal para lograr una vida humana significativa. Él y Tarrou hacen lo que debe hacerse en el momento preciso —que es exactamente el que estamos viviendo ahora—: cuidar de los enfermos, velar a los muertos y tener fe en los vivos.

 

[i] http://www.tropicozacatecas.com/2020/01/26/axis-mundi-coronavirus-pandemia-y-teoria-de-la-conspiracion/

[ii] http://www.tropicozacatecas.com/2020/03/08/axis-mundi-pandemias-narrativas-y-genero/

 

Carlos Hinojosa*

*Escritor y docente zacatecano

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