Postcréditos: La Visión Caleidoscópica de la Mirada Femenina, Cuarta parte


Existe un subgénero dentro del cine de ficción que siempre me ha causado una curiosa comezón, la cual disfruto demasiado al rascar: las películas acerca de hacer películas. Al igual que con todas las cintas que tratan acerca del proceso creativo de los artistas, siempre trato de dar un paso atrás y reconocer los aspectos autoindulgentes de este tipo de obras.

Sí, es verdad que pueden llegar a ser los trabajos más personales de sus realizadores, pero por lo mismo hay que tomar en cuenta que esa misma cercanía que tienen con el tema que están desarrollando, los puede llevar a sobredimensionar varios aspectos del mismo. Tomen en cuenta cuántas películas existen sobre actores, escritores, músicos, en las que los traumas, bloqueos creativos e ilusiones de grandeza de las y los protagonistas son retratados con un estilo visual que tiende a la exageración.

Por eso no puedo dejar de recomendar las películas de las que ahora voy a hablar: Mia Madre (2015), de Nanni Moretti y Jacquot de Nantes (1991) de Agnès Varda, con las cuales concluiré esta serie de columnas sobre la mirada femenina en el cine. Y, aunque no eran mis primeras opciones, resultaron ser bastante pertinentes para este ejercicio: la primera es una película dirigida por un hombre, que cuenta la historia de una directora de cine, y la segunda es una cinta dirigida por una mujer, que cuenta la historia de un hombre cineasta.

 

La protagonista de Mia Madre es Marguerita (interpretada por Marguerita Buy), una directora de cine que está atravesando por dos crisis simultáneas: una filmación complicada por el ego de un actor estadounidense y tener que atender, junto con su hermano, a su madre que padece de una enfermedad terminal. A esto se le agregan los regulares problemas inherentes a una producción fílmica, así como también el seguir criando a su hija adolescente.

A pesar de todos los retos que Marguerita tiene que afrontar, la película nunca la muestra como una víctima de las circunstancias. Las asume, les hace frente y actúa en consecuencia a ellas. Por lo mismo, y por las decisiones que toma, es un personaje que se niega a complacer moralmente. Les da indicaciones innecesariamente complicadas a sus actores, limita el contacto social que tiene con su equipo de filmación y crea barreras con todas las personas que conoce, incluidos familiares y amigos.

Resulta poco sorprendente saber que la historia de esta película está fuertemente basada en la vida de su director, quien también tuvo que afrontar la muerte de su madre durante la filmación de una película. Y aunque el director sí es parte del elenco de esta película, llama la atención que no se coloca como protagonista, sino como el hermano de la directora. Moretti tomó la decisión de crear un avatar para él mismo en esta película, pero lo hizo con el debido cuidado de crear un personaje con sus propias idiosincrasias, y enfrentando situaciones que sólo le pasarían a una mujer cineasta.

En particular destaco una escena en la que el actor estadounidense, interpretado por John Turturro, entre copa y copa le dice a la directora que deberían hacer otra película juntos, y procede a darle todo el argumento y el estilo que él quiere para la película, y ya nomás que ella le agregue su “toque femenino”. Esto hace eco con la forma en que la audiencia y la crítica suelen identificar elementos estilísticos de cada director, llegando incluso a crear adjetivos como “hitchcockiano”, “tarantinesco” o “lyncheano”, mientras que tienden a englobar las diferentes propuestas de las mujeres cineastas al sencillo y simplista término del “toque femenino”.

Con Marguerita, Nanni Moretti hace un interesante estudio de personaje que puede verse también como una autoevaluación y una forma de dar cierre a un episodio difícil en su vida. Ésta es una de las grandes virtudes que nos da el arte y Mia Madre es un gran ejemplo de este tipo de catarsis.

 

Jacquot de Nantes, de Agnès Varda, lidia con una situación similar: la muerte inminente de un ser querido. Pero el enfoque de Varda es distinto en muchos niveles y ella realiza algo que, aunque no es imposible entre los hombres cineastas, es muy difícil de encontrar dentro de este tipo de obras personales: la sustracción del ego.

Esta película cuenta algunos episodios biográficos sobre la niñez y adolescencia del cineasta francés, y esposo de Agnès, Jacques Demy. Vemos su infancia durante la Francia ocupada por los nazis y sus primeros acercamientos al cine y al quehacer fílmico, empezando por la animación, diseño de sets y juegos de luz. En ocasiones vemos personajes y situaciones que, gracias a cortes directos que nos llevan a escenas de sus películas, sabemos le servirán de inspiración en el futuro.

La cinta está en blanco y negro, a excepción de los fragmentos de las películas de Demy, así como también algunas viñetas en las que vemos al cineasta en su hogar. En esos momentos, la cámara estudia lenta y exhaustivamente el rostro del cineasta, con close ups cerrados a su piel, cabello, ojos, nariz, boca. Jacques se ve tranquilo y sereno. Tiene SIDA y sabe que sus días están contados.

Con esta película, Varda realiza un retrato emotivo sobre la creación de un artista, un homenaje a la obra de un gran cineasta y un testamento fílmico del hombre que ella amó. Con su cámara, ella pretende capturar el alma y cuerpo de su esposo mientras todavía se encuentra en este plano de la existencia, porque como artista sabe que, si bien su esposo morirá, la obra de ambos permanecerá. Existen películas que piden, y a veces exigen, ser analizadas y estudiadas; el mensaje de Jacquot de Nantes es claro: “Este hombre existió. Amó y fue amado.”

Ya había hablado en otra ocasión sobre mi fascinación por la obra de Varda, y había mencionado que ella, a diferencia de varios de sus contemporáneos, carece de aquel “temperamento de los artistas” que los motiva a robar los reflectores con arrebatos apasionados, aunque vacíos. Esto no significa que ella fuera ajena a estar en los reflectores, a veces hasta dentro de sus mismas películas. Por eso destaco que ella, a diferencia de Moretti, decide sustraerse de esta historia, a pesar de haber jugado un papel importante en la vida del protagonista. No tengo los argumentos para asegurar que esta decisión la habrían tomado todas las mujeres cineastas, pero sí tengo la sospecha de que serían pocos los hombres, sobre todo hombres artistas, que estarían dispuestos a perder ése tipo de protagonismo.

Y bueno, como lo aclaré al principio, sin grandes conclusiones ni respuestas concretas, así termino esta serie de columnas sobre la mirada femenina en el cine, y los dejo con la obvia pero enérgica invitación a que vean películas realizadas por mujeres directoras.

Escrito por Heikan

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